24 mayo 2008

Comentario a "extractos de la ciudad"

Me gusta la poesía porque es subjetiva. El escribidor escribe lo que quiere; el lector lee lo que le da la gana. Bueno, en realidad toda forma de expresión literaria -textual u oral- es subjetiva. Incluso la que usa el lenguaje científico más puro y duro, aunque esta discusión la dejaré para otro momento...

Y me gusta la subjetividad de la poesía porque es evocadora, no representativa. El escribidor evoca lo que sea -sus sensaciones, pensamientos, emociones, recuerdos...- y el lector su propio "lo que sea". La poesía es, quizás, una forma ilusoria de individualidad, de identidad; bi-direccional, sí, pero solitaria también.

Por eso -y por más cosas- no voy a "explicar" mi poesía, aunque la usaré. Además, soy consciente de que es bastante gráfica y cada lector sabrá leer lo que la ciudad le evoca, le sugiere. Mi poesía, una vez plasmada en negro sobre blanco, ya no es mía -afortunadamente-. Sería duro vivir con el peso de las toneladas de evocaciones -sensaciones, pensamientos, emociones, recuerdos...- poéticas y cosmopolitas que, muchas veces sin querer, uno ha ido construyendo a lo largo de su vida. Pero en este breve e improvisado comentario (hoy no hay bibliografía) quiero continuar mi paseo evocativo por la ciudad.

El puterío de las relaciones intersubjetivas-cotidianas-urbanas es uno de los rasgos de identidad del urbanita. Y de la ciudad. Grande o pequeña, igual da. Real o ya virtual, también da igual. El intercambio de valores individuales -desde la fuerza del consumo a la fuerza del trabajo- es exactamente igual al intercambio de flujos corporales-sexuales del amor pagado. Uno deja algo de sí mismo a cambio de algo del otro mismo. Uno mismo, al cabo del día urbanizado en una multiplicidad de intercambios pagados y cobrados, llega a su casa de eskai siendo otro mismo, o, mejor, otros mismos. La identidad cada vez más es una multi-interacción de yoes objetivamente indefinibles, desestructurados, sutiles, apenas evocados y efímeros. Y la vieja e hipócrita individualidad ya no es más que una anécdota en manos del Poder.

La ciudad es el proscenio de la representación multi-identitaria. Es lo que hay entre público y telón; a veces orquesta, a veces nada. No es el escenario -este es construido por la sagrada Institución y cambiado a su gusto-. Nadie sabe qué hay entre bambalinas, ni detrás de la jácena que fabrica ilusiones.

La ciudad no tiene género; es femenina y masculina a la vez. Cada cual puede usarla a su gusto, según sus preferencias. La puta y la hembrilla son puto y hembrillo, también macarra y machito.

La vieja ciudad es el acomodo de las pulsiones freudianas, pasiones que luchan por sobrevivir en un inconsciente colectivo jungiano. Es irracional, barata, decadente, antigua, sudorosa y maloliente en el vaivén del intercambio.

La nueva ciudad es la hembrilla enamorada del viajero al que abre sus piernas sin pudor para que disfrute de ella. Ella que se entrega -que entrega lo más preciado: su virginidad, sus bragas nuevas- por amor. A cambio, el viajero sólo ha de llevar puesto el condón.

Ambas son putas. Barata y sucia la vieja; cara y de lujo la nueva. Una espera en las esquinas un trozo de humanidad, la otra en el jacuzzi de un apartamento de a quinientos euros la hora.

Pero la ciudad también es madre, mama que alimenta y acoge a sus urbanitas con cariño y ternura cuando fuera sólo hay frío y oscuridad. Fuera, palabra tremenda, tremendamente cruel. Nadie quiere ser parido. Nadie quiere salir fuera del útero de su madre-ciudad-. Fuera -el frío, la oscuridad- sólo hay soledad. Allí no importan evocaciones o emociones. Allí no hay objetividad ni subjetividad. Allí sólo hay soledad. Sólo hay nada. Por eso los animales sociales creamos nuestras benditas Instituciones Poderosas en entornos urbanos; en grandes espacios urbanos. Queremos algo de calor, algo de objetividad racional, algo que nos aleje de los monstruos de la soledad, del delirium tremens, de la esquizofrenia que nos aleja de la realidad. Por eso todos volvemos.

Museos, iglesias, hipermercados. Tiendas pijas, bancos, teatros. Aceras, plazas, calles peatonales. Gente de paso, gente que pasa, gente sin rumbo. Gigantes, ogros y brujas. Echadoras de cartas, actores en paro, másters del universo. Poetas, violinistas ambulantes, estudiantes. Semáforos, la delegación de hacienda, capitanía general. El campus, la esquina, el pub. Una manifestación, una pelea, la sirena de la policía. El chapero, el camello, el alcalde. Música, anuncios, gente sin rumbo. El coche, la moto, el paso de cebra. Un taxi, el portero electrónico de casa de mi amiga, teléfonos móviles andantes. Bits de información, átomos de cariño, moléculas de sexualidad. Terroristas, curas y monjas. Hiperespacio salvaje, pornografía al gusto, otra tienda de armani. Borrachos, comunistas y esa sonrisa de azahar en medio de la gente que pasa.

Eso es, al fin y al cabo, la ciudad. O eso es, por lo menos, mi ciudad.

Josep


3 comentarios:

  1. Josep!

    M'agraden les teves fotos...
    Simples, naturals, com la vida mateixa...

    Un petó!


    Tina.

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  2. Gràcies Tina!!!

    Intento possar una mica d'imatge als meus rollos macabeos. M'alegra molt que t'agradin, Continuaré fent fotos. I publicant-les, si us sembla bé.

    Fins ara!

    Josep

    ResponderEliminar
  3. Oi tant que si Josep!
    Jo tinc moltes fotos fetes, dels viatges, sobretot!... però nosé on "publicar-les" com deixar-les veure... tampoc se si són massa bones, la veritat... però a mi m'agraden!!!

    Un petonàs!


    Tina.

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Calambur citado en Toulmin, Stephen (1990), Cosmópolis. Els transfondo de la modernidad. Barcelona: Península. Pág. 207.

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