01 noviembre 2008

Etnografía evocativa (Apuntes inconexos para un manifiesto de ciencia y método socioconstruccionistas, VI)

(Foto: Campus Universitat Autònoma de Barcelona. Producción propia)

¡Hola!

Abundando en mis reflexiones me permito reproducir un fragmento de un artículo (no publicado) que escribí hace algún tiempo, "Fregar, una etnografía de la vida cotidiana". Tiene que ver con la Etnografía y también con la escritura. Y contradice algunas de las propuestas que hice ayer... ;-)

"La etnografía no propone teorías sobre la realidad que estudia. En el entorno de las ciencias sociales, su objeto no es elaborar hipótesis, sino asistir a determinados procesos. Su fundamento básico es representar textualmente (o fílmicamente, o verbalmente) ciertas "realidades" culturales que el etnográfo ha vivido mediante su trabajo de campo y la -ilusoria- observación participante. Si en la postmodernidad ponemos en duda la objetividad de la realidad, su pura representación nos parece ya un engaño de pleno derecho. Es preciso, pues, señalar que todo análisis científico -toda medición/descripción/representación/interpretación- es necesariamente subjetivo. El saber se construye socialmente mediante pactos lingüísticos entre la "realidad", el representador y el destinatario de la representación[1]. La etnografía -como escritura- no va más allá de este pacto incluso en sus manifestaciones más pretendidamente cientifistas. Este mismo ensayo no quiere representar nada: es un guiño a la lectora/or del mismo y a sus múltiples agentes intervinientes. Es una evocación, libre de la tiranía de la representación[2]. La evocación, al contrario de la representación, exige al etnógrafo un gran esfuerzo creativo. La irresponsabilidad de la representación -como la de todo sistema tiránico- es sustituida por la responsabilidad del autor que no representa sino crea discursivamente una obra justificable por y en sí misma. En una etnografía crítica hay un factor narrativo de gran peso: el investigador ya no puede decir "Ellos dijeron o hicieron esto que os cuento", sino, "Yo digo". La responsabilidad del etnográfo evocativo es, pues, plena. No está re-creando unos hechos supuestamente objetivos, sino creando una realidad propia. En este sentido, su única esperanza es que su evocación de la "realidad" sea aceptada por el lector; quizá mínimamente entendida y subjetivamente compartida.

Mi intención no es construir ningún tipo de verdad representativa, sino una evocación sentimental[3] situada en el borde de lo (i)racional, utilizando las palabras como tecnología comunicativa que expresan únicamente sentimentalidades parciales de lo experimentado en mi trabajo de campo. Se estará de acuerdo o no con mis propuestas y conclusiones abiertas; no me importa. La única finalidad de las mismas es la provocación. Mi interés y mi intención es construir una etnografía divertida -aunque cruel- y provocativa sobre la narración compartida -sentimental, amorosa, erótica- en el centro del triángulo autor-texto-lectora/or.

El presente artículo quiere[4] participar en una -radical y radicalmente distinta- nueva forma de hacer etnografía. Quiere ser un forúnculo en la normalidad académica.

Fuera de esta intención no hay -no puede haber- otra finalidad. No hay otra posibilidad."



[1] Entre las muchas acusaciones de que es objeto la postmodernidad -nihilismo, subjetivismo, relativismo…- una de las que me molestan es la de la subjetividad ética. Y me molesta porque es mentira. Contemplo el término "postmodernidad" en dos sentidos. Por un lado es un referente histórico/cultural. Sitúo sus inicios -con sobrados fundamentos que no son objeto de este ensayo, pero que estoy dispuesto a discutir y defender en cualquier foro- en torno a 1980. Por otro lado supone asumir determinados puntos de vista críticos sobre la "realidad" y la ciencia. Acusaciones como la de Harris (1982, cit. en Reynoso, 1998), "La doctrina de que todo hecho es ficción y toda ficción hecho, es moralmente depravada", continuando con unas nada fundamentadas referencias a las SS y a la violencia policial, no pueden ser fruto más que de la mala fé o, peor aún, de la ignorancia. La misión del etnógrafo no es moralizar. Si recoge la narración de los hechos, tan verdad -o no verdad- lo son desde una óptica u otra. Para una moralización y acción política, los científicos disponemos de no pocas tecnologías individuales y sociales -desde la subversión violenta, hasta la IAP (investigación acción participativa en Psicología social basada en los postulados de Fals Borda y Villasante, entre otras/os)-. Los psicólogos socioconstruccionistas y etnógrafos postmodernos no renunciamos en absoluto a "un profundo compromiso con una posición ética." (Gergen, 1994). Pero además, y siguiendo con Gergen, "…como científicos podemos llegar a convenir que en determinadas ocasiones llamaremos a diversas configuraciones 'conducta agresiva', 'prejuicio', 'desempleo' y demás, no porque simplemente haya agresión, prejuicio y desempleo 'en el mundo' sino porque estos términos nos permiten indexar las diversas configuraciones de modos que nos son socialmente útiles." (Id.)

[2] En este sentido, soy absolutamente fiel a Tyler. La representación en política (hablar por, decidir por, hacer por…) es una forma de tiranía por mucho que se vista de pomposas y suaves sedas democráticas. En este mismo sentido, representar algo en etnografía es negar el derecho al algo de hablar por sí mismo. Este punto de vista ha sido también duramente criticado, con argumentos similares a los de Harris. En cualquier caso, además de tiránica, la representación es una ilusión, una falsedad, pues siempre es el representador quien se representa a sí mismo, ante la imposibilidad de hacerlo por los demás. Así, encuentro mucho más sincera -honesta- la propuesta de Tyler de evocar, en lugar de representar, si bien -como se verá más adelante- no renuncio en algún momento a ciertas convenciones representadoras. En mi opinión, la evocación presupone que hay una acción subjetiva del etnógrafo. Asume que es él quien elabora una determinada "realidad" textual, independizándose de la tiranía representadora. No es posible un "hablar por" los demás, ni textual, ni verbal, ni fílmicamente.

[3] Aquí me alineo con Baudrillard (1983) cuando sustituye los términos de la emoción (representada a través de la seducción como destino) por los de la sentimentalidad, evocación de una "ley y un afecto" allí donde "ya no hay juego ni regla".

[4] Y lo quiere él; ahora el texto ya escapa a las intenciones de su autor.

Referencias.-

- Baudrillard, Jean (1983): "Las estrategias fatales". Anagrama. Barcelona. 6ª edición, 2001.
- Gergen, Kenneth J. (1994): "Realidades y relaciones. Aproximaciones a la construcción social". Paidós. Barcelona, 1996.
- Re
ynoso, Carlos (1998): "Presentación de 'El surgimiento de la antropología posmoderna'". Gedisa. Barcelona, 4ª edición. 1998. Páginas 11-60.


¡Saludos!

Josep

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Calambur citado en Toulmin, Stephen (1990), Cosmópolis. Els transfondo de la modernidad. Barcelona: Península. Pág. 207.

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