21 diciembre 2009

Cuentos de navidad...

Saludos...

Voy a darle un descanso a la interné... Los volvere a leer hasta el próximo año, el cual espero este lleno de nuevos e interesantes desafios, así como de oportunidades de realización personal para todas y todos ustedes.

(Por favor no se pasen las fiestas solos, comiendo atún directamente de la lata, tomando cerveza y mirando peliculas japonesas de vampiros...)


Abrazos para los chicos...
Beso, abrazo y beso para las chicas...





(Este año me despido con "8 cuentos de navidad 8" y un remate)

Salud.

g.

P.D. (para Gerardo)


Bue... mi hogar es mi domicilio... pero si quieres que me ponga poetico, te diré que me gusta un refran de los viejos rumanos que migraron, sobretodo, a Francia el siglo pasado: "mi hogar está donde está el techo que cubre mi cabeza" (algo así)...


En cuanto a 'Reconozco que no sabría por qué considera que no tendría sentido "descalificar un muy amplio consenso de múltiples disciplinas tachándolo de imposición autoritaria" '. Como lo veo, no se trata de defender 'derechos de representación', sino de exigir(nos) la obligación de justificar el alcance de nuestras afirmaciones. Es decir, no tiene sentido porque no justificas la descalificación y lo tendría si al menos opusiera un derecho alterno de representación (espero que se entienda que "¿y por qué no?" no es una justificación)...




En una tradición de la que forman parte autores como Charles Dickens y Hans Christian Andersen, presentamos una serie de cuentos que recuerdan la Navidad, no siempre para celebrarla como una ocasión de paz y felicidad, sino también para registrar, desde el humor y la ironía, sus contrastes y aun los resentimientos y las pequeñas o grandes revanchas que alienta.


El huracán navideño
Claudia Guillén

Cuando abrió los ojos y vio el árbol de Navidad tirado en el suelo, junto con las esferas rotas esparcidas en el piso de mosaico rojo y la estrella partida en sus tres picos, Carmen se sintió acabada. El olvido se le había instalado en la memoria. Se reincorporó, no sin algunos dolores en el cuerpo, para ir a buscar a su novio. Felipe dormía profundamente en un sillón y ella sentía la cara reseca. Rumbo al baño se fue percatando de más destrozos en diversos puntos de la casa, como si un huracán hubiera pasado por ella. Esta opción no era viable, pensó, pues no había restos de agua y hasta donde ella sabía en la calle de Donceles podría haber inundaciones pero no huracanes. La casa estaba seca así que la inundación fue descartada. Mientras caminaba rumbo al baño se le iba formando un nudo grueso en medio del estómago que le despertaba una sensación de vacío que se estaba volviendo insoportable. Se vio en el espejo y en él se reflejaba su rostro manchado por grandes goterones de rímel negro y, también, sobresalía un golpe que inflamaba su pómulo izquierdo. Sus nudillos mostraban moretones dispersos y en las manos tenían algunos raspones. Los sabores se concentraban en una saliva pastosa que le producía asco. Cerró la puerta del baño y arrojó, sin parar, todo lo que salía de su boca hasta que solo le quedó el impulso de hacerlo.

La tarde anterior Carmen era un manojo de nervios, aunque desde que empezó con Felipe sus cambios temperamentales se habían alejado, todavía le quedaba cierto temor de que volvieran y más cuando se trataba de conocer a la familia política. Había esperado pacientemente más de un año. Felipe sólo pudo convencer a su madre, viuda desde que él era muy pequeño, de presentarle a Carmen cuando la amenazó con no asistir a la tradicional cena navideña si no era acompañado por su novia. Doña Felipa no tuvo más remedio que aceptar, no sin antes advertir a su vástago que si la muchacha no mostraba buenos modales ella no tendría empacho en decírselo. Verás que te cae bien, mamacita, contestó cariñosamente Felipe.

Carmen alzó su pelo negro con un discreto chongo, se puso algo de rímel para levantar las pestañas y se pintó los labios con un tono rosa pálido. Al pasar por ella, Felipe le pidió que se despintara pues a su mamá le gustaban las mujeres más bien naturales. Ella sólo quitó la pintura de sus labios. Llegaron a la casa y su fachada estaba tapizada por luces de colores. En una de las ventanas se asomaba un gran muñeco de Santa Claus que saludaba con la mano mientras sonaban, en la cuadra, fuertemente sus carcajadas tan familiares para todos. Los olores de las viandas de la noche traspasaban la puerta de la calle. Antes de entrar, Felipe observó a su novia y le besó la frente para después decirle: En estos tiempos quedan pocas como tú, mi amor. Quita esa cara de susto, mujer. Si mi mamá no te va a comer. Carmen trató, entonces, de sonreír. Sin embargo, no podía controlar el temblor de sus manos mientras cargaba los regalos.

Cuando Felipe abrió la puerta, sus dos hermanas y su madre se le abalanzaron como si no lo hubieran visto en años, dejando a un lado a Carmen parada en el quicio de la puerta, cargada por todos los regalos y sin saber qué hacer. Felipe se quitó, como pudo, a las mujeres de su familia y ayudó a su novia con los bultos para ponerlos debajo del árbol de Navidad. Era pino natural y frondoso adornado con esferas rematadas por un moño. Las luces que se veían en la calle apenas eran un esbozo de la iluminación que ostentaba aquel árbol. En lo alto lo coronaba una estrella de tres picos que había pertenecido a la familia desde hacía muchas generaciones. Mientras Carmen lo veía casi con un asombro infantil, doña Felipa y sus hijas lo observaban con un orgullo que se hizo aún más patente cuando la madre tomó la palabra para contar que se tardaban hasta tres días en ponerlo, y que todas las vecinas venían a verlo cada Navidad. Incluso el 25 de diciembre se celebraba un concurso que premiaba el árbol mejor adornado y ellas, que habían ganado en todas las ocasiones anteriores, estaban seguras de que ésta no sería la excepción.

Felipe decidió que era el momento de abrir una botella para celebrar el tan ansiado encuentro. Carmen, como hipnotizada, tomó el tequila de un solo jalón, a la par comenzó a sentirse un poco menos angustiada. Sin preguntar ni mirar a Felipe, tomó otro y otro mientras se le iban relajando las entrañas. Dejó de temblar. Esbozaba pequeñas risitas a las que nadie prestaba atención. Cuando se sentaron a la mesa ella se encontraba francamente relajada. Carmen se sentía cubierta por una suerte de burbuja que la anulaba a la vista de los demás. Y así era. Felipe apenas y le hacía caso y no dejaba de conversar con su parentela. Faltaban quince minutos para la medianoche y doña Felipa se levantó a arrullar al niño Dios. Mientras todos veían la escena, Carmen tuvo un acceso de risa repentino que contuvo hasta el grado de que las lágrimas rodaban por su cara. Por primera vez doña Felipa le puso atención.

Carmen abrió la puerta del baño y fue directo con Felipe para despertarlo. Su novio, al abrir los ojos y tenerla enfrente, la miró con una expresión de abierto reproche. Un silencio incómodo, y largo, rodeó la expresión de ambos: ella asustada y él furioso. ¿Entonces?, preguntó Felipe. Entonces ¿qué?, dijo Carmen con una voz casi afónica. ¡Ya estarás contenta!, afirmaba mirándola fijamente como quien no espera una respuesta. Por la mente de Carmen sólo transitaban pequeños trozos fantasmales de la discusión con su suegra. ¿Pero qué fue lo que pasó? ¿Por qué está todo así? Felipe no admitió una tercera pregunta: ¿Qué fue lo que pasó? Di que mi madre y mis hermanas prefirieron irse de la casa antes de seguir compartiendo la Navidad con una loca que se transforma en un huracán que arrasa con todo y con todos, sin importarle la fecha que estamos festejando. Tú eres una mustia. Y no mi madre, como se lo gritaste ayer hasta el cansancio. Carmen sentía que el nudo en su estómago se iba haciendo cada vez más sólido como si en cualquier momento fuera a explotar. De pronto una imagen irrumpió en su mente: ella gritaba y la señora Felipa se persignaba.

Pues te voy a refrescar la memoria, mi amor. Llegamos a la casa y empezaste a beber sin parar. Mamá trataba de compartir contigo algunos recuerdos de mi infancia y tú ni siquiera le contestabas. Luego, cuando llegó la medianoche, mi mamacita arrulló al niño Dios como es la tradición en esta casa y tú te pusiste a llorar. Mi madre, ingenua, se conmovió, pero para ese momento tu mirada estaba perdida y apenas y te dignabas a contestarle. Cuando te chuleó tu traje y te ofreció un cafecito, te brotó el demonio que cargas dentro. Le gritaste vieja bruja, que su cena y sus arreglos navideños daban asco de tan cursis. Después te enfilaste al árbol de Navidad y lo tiraste al piso, no sin antes decirle con un tono de burla: “Mire lo que hago con su arbolito, se me hace que este año no ganan…” Mamá lloraba y tú me gritabas que me fuera con ella y con mis hermanas que de tan feas parecían las hermanastras de la Cenicienta. Mi mamá te tuvo que dar un golpe para que reaccionaras y tú le contestaste con otro mientras le jalabas el pelo asegurándole que se trataba de una peluca. “Máscara contra cabellera”, repetías con un sonsonete insoportable. Por fin logramos separarte y te caíste al piso como si estuvieras muerta. ¿Satisfecha?

En tanto escuchaba el relato furioso de su novio, Carmen transitó por varios estadios emocionales: primero el gusto por recobrar el recuerdo; para inmediatamente después internarse en una angustia que la carcomía tanto que no pudo más. Tanta culpa cansa, se dijo, sintiendo como por arte de magia que el nudo en el estómago se iba deshaciendo hasta desaparecer. Una tranquilidad extraña la cobijó y espontáneamente le contestó a Felipe: Sí, satisfecha. Tomó su bolsa y salió caminando. Al llegar a la esquina volvió la cara y vio cómo el Santa Claus había perdido la fuerza de su risa y ya no saludaba, entonces en sus labios se esbozó una pequeña sonrisa que mantuvo hasta llegar a su casa.



Una Navidad en el laberinto
Fernando Solana Olivares

Una muy lejana, por ejemplo, en medio de la juguetería Ara de Insurgentes, donde desplegué un berrinche olímpico porque ahí mismo mi madre me informó que no existían ni Santa Claus en la casa ni los reyes magos en la de la abuela, y que ese tren de juguete tan caro no podía ser mío aunque me empeñara en hacer un escándalo, pues a la madura edad de seis años ya debía comprender la verdad y conocer la mentira.

El pájaro canta esta tarde, mientras trato de convocar el recuerdo de las navidades que he vivido. Es como estar contemplando la vida propia desde un barandal. Le pido al ave lo mismo, cantar, pero aún no aprendo la lengua de los pájaros, así que mi petición se disuelve y a continuación se coagula, como las cartas navideñas que de niño tantas veces escribí para recibir regalos.

Mi abuela instalaba en diciembre una natividad en tres etapas: los reyes magos cabalgando, después descendiendo de sus monturas y al final adorando al dios recién nacido en el rústico pesebre de Belén. Ahí dejaba mis solicitudes a los tres visitantes, bien guarecidas bajo la protección de ese advenimiento y sus tributos, que me fascinaba mirar durante horas mientras olía el aroma élfico del musgo y escudriñaba las escenas múltiples de la representación puesta en un cuarto entero de la gran casa para ocupar toda mi fantasía.

La sucesión de movimientos congelados lograba hechizarme. Era una lección narrativa sobre el tiempo, sobre su simultaneidad progresiva, sobre su aparición simultánea. Lo supe más tarde pero lo aprendí entonces. Y yo miraba absorto a mi abuela dirigir a las criadas y a las hijas jóvenes en el ritual del montaje, el cual se llevaba tres días, como las tres pistas anecdóticas del peregrinaje sagrado de los tres reyes, como sus tres etapas mostradas entre valles, colinas y desiertos de aquel universo en miniatura.

Tal número era importante para mi vida entonces, cuando otra carta pedigüeña era colocada en el nacimiento más pequeño de la casa de mis padres, donde en cambio se erguía un pino lleno de luces y esferas que también atraía mi atención inmóvil y mis sentidos abismados pues se llenaría de presentes la madrugada de Navidad. Tal número también es importante ahora, cuando pasó la tarde hace horas, ya es de noche y mientras tanto me hago a un lado discretamente en el sofá para que mi vecina no se desplome sobre mí por tercera vez. La cena navideña comienza a animarse.

—Ya te digo: desde esta tarde me he estado acordando de todas mis navidades —le comento a la mujer, que al escucharlo ríe.

Una muy lejana, por ejemplo, en medio de la juguetería Ara de Insurgentes, donde desplegué un berrinche olímpico porque ahí mismo mi madre me informó que no existían ni Santa Claus en la casa ni los reyes magos en la de la abuela, y que ese tren de juguete tan caro no podía ser mío aunque me empeñara en hacer un escándalo, pues a la madura edad de seis años ya debía comprender la verdad y conocer la mentira.

—En cambio, yo he olvidado todas las navidades anteriores a ésta, querido —contesta ella, un poco ebria, y con su jocoso vaivén se me acerca de nuevo.

En otra ocasión mi hermano encontró la huella del elefante del rey mago Baltazar en la alfombra de la casa, y a su manera nos informó a mi hermana y a mí sobre el tema: ahí estaba una señal. La Navidad siguiente los tres velamos escondidos para descubrir la llegada de los seres proveedores. El sueño nos venció antes de tiempo y cuando despertamos muchos regalos estaban alrededor del árbol encendido. Mi hermano nos dijo que con él los reyes magos sí habían hablado.

—¿Los tres, querido? —festeja ella, estallando a carcajadas.

—¿Yo, tú y él, o yo, tú y ella? —pregunta un hombre sentado a la mesa que la está observando. Es su marido.

—No estoy hablando contigo, Jorge —replica la mujer, súbitamente seria.

Pero una Navidad mi padre ya no estaba presente, y mi madre quebró el platón donde llevaba un pastel recién horneado para la cena que sería en casa de mi otra abuela, no la escenógrafa cautivante de las tres esferas, los tres tiempos y los tres anillos, sino la matrona endurecida que con disgusto veía a mi madre fracasar en un matrimonio pactado por ella misma para sumar fortuna a su disminuido patrimonio. Aquella noche mis tíos maternos me dieron a beber sidra y por primera vez me embriagué.

—No estás haciéndome caso, querido —susurra ella, mientras su balanceo se ha convertido en una frotación.

—Entonces, yo nada más miro —dice el marido.

—No estoy hablando contigo —contesta ella.

—Hay una memoria de la carne, otra de la mente y una más del espíritu. Como lo supe cuando caminé por la ciudad fantasmal y vacía, dedicadas todas sus casas a la celebración navideña mientras yo llegaba al cuarto de azotea donde entonces vivía, aquella bolsa de cemento que mi abuela materna mal había dispuesto para mi hermano y para mí. La carne me fustigaba con la soledad de mi aislamiento, la mente me entristecía de autoconmiseración, pero el espíritu me confortaba en silencio. Así lo descubrí: el espíritu es aquello que se esconde y nos contempla de soslayo en cualquier fecha.

—A mí me encanta la primera memoria, querido —dice ella.

—Yo prefiero la segunda, y para el señor será la tercera —propone el marido.

—De verdad, Jorge, qué pesado te portas en las nochebuenas: nadie te está hablando a ti —repone ella.

Me pongo en pie para liberarme del acosante cuerpo de esta mujer. Observo a su marido al incorporarme y noto en su cara un gesto de decepción. Poca gente queda ya en la fiesta de la oficina, casi todos ebrios. La secretaria, el chofer, el contador, el archivista, el mensajero, la intendente. De nadie me voy a despedir.

Ayer por la tarde escuché cantar a un ave y entonces me propuse recordar todas mis navidades. Ahora camino por los filos de la madrugada y el olvido entre una niebla que me envuelve. Pienso que el recuerdo es un laberinto de la conciencia. Miro tres estrellas brillantes en el cielo rosáceo a punto de evaporarse entre la aurora. Escucho de nuevo los trinos aéreos que me prometen encomiar. Me pregunto si para la próxima Navidad comprenderé la lengua de los pájaros, su gaya lengua, su canción. Hasta ahora son recuerdos y palabras, sentimientos y palabras, meros anhelos sobre la verdad.





El espía
Eduardo Antonio Parra

La casa estaba en silencio; sólo a lo lejos se oían tronar algunos cohetes. Pepe vigilaba la base del pino desde su escondite, aunque los párpados se le cerraban por el cansancio y el frío.

Al oír el interruptor de luz en la sala se despabiló con el corazón latiéndole tan fuerte que estuvo a punto de chocar la cabeza en la madera del librero. Te pesqué, se dijo, ya no hay duda. Respiró el aire viciado que le irritaba la garganta y, antes de abrir una ranura en la puerta corrediza, aguzó el oído. Aunque sofocados por la alfombra, se trataba de pasos. Quiso acomodarse en su escondite, mas la fría tabla superior le presionó la coronilla. No supo cómo se le había enredado una pierna en la otra; el hormigueo en las plantas de los pies le exigía movimiento. Volvió a respirar y, ahora sí, movió la puerta sin hacer ruido. Acercó un ojo a la línea de luz. Los pasos habían cesado, aunque se escuchaba un roce cerca del pino. Amplió la abertura y un rechinido lo hizo quedar inmóvil. Esperó antes de asomarse de nuevo. Una sombra se deslizaba sobre la alfombra. Es él. La agitación en su pecho creció cuando vio acercarse la sombra al pino. Tapó su boca para sofocar un acceso de tos al ver que una mano rozaba las esferas antes de dejar un paquete azul entre el musgo de la base. Sus latidos enloquecieron, el sudor le escurría por la frente, su vista se nubló de emoción. Los dedos de ambas manos aferraron la puerta, pero antes de jalarla a un lado oyó la voz de papá: Le va a encantar, ¿dónde lo conseguiste? Lo aparté hace un mes, respondió mamá desde la cocina.

El cuerpo se le escurrió como si se derritiera dentro del librero. ¿Qué hacen despiertos? Las voces se movieron rumbo a las escaleras, luego dejaron de oírse. Pepe los imaginó asomándose a su recámara para ver si dormía, sin sospechar que el bulto bajo las cobijas era el muñeco inflable que le habían regalado en su cumpleaños “para que lo golpees hasta cansarte”. Se acercó a la ranura: habían apagado la luz y ahora en la sala sólo brillaban las tenues luces del pino. Abrió un poco para respirar el aire de afuera, recargándose en la tabla más cercana al hueco. Lo había decidido varias semanas atrás, cuando Danilo, el grandulón de la clase, aseguró durante el recreo que todos eran unos niños pendejos si aún creían en Santa. Son los papás los que dejan los regalos en el árbol, dijo, y le cuentan a sus hijos de Santa para que los obedezcan. Nadie osó responder, porque ya habían sentido en carne propia sus puños si le llevaban la contraria, pero al salir de la escuela Pepe no pudo resistir el peso del desengaño y se acercó a Arturo, el más listo del salón. ¿Tú crees lo que dice Dani? Arturo lo miró un momento, luego respondió: No es cierto. Lo que pasa es que a él no le traen nada porque es malo, ya ves cómo nos pega, y tampoco estudia, míralo, debería ir en sexto y no pasa tercero. ¿Se pueden cumplir los deseos de un burro golpeador? Además, añadió en voz baja, yo he visto a Santaclós. El año pasado me escondí y vi cuando dejó en el pino los carritos que le pedí. Pepe se estremeció. ¿Te dijo algo? No, no dejé que me viera. Me contó mi primo que, si sabe que lo espías, desaparece y nunca vuelve. Yo también me voy a esconder, dijo Pepe.

La casa estaba en silencio; sólo a lo lejos se oían tronar algunos cohetes. Pepe vigilaba la base del pino desde su escondite, aunque los párpados se le cerraban por el cansancio y el frío. El sudor se le había secado, y al tocarse la frente notaba algo parecido a granitos de sal. Para mantenerse despierto, recordó que mamá siempre la decía que escribiera la carta mucho antes de Nochebuena, pues así los duendes tendrían tiempo de fabricar los juguetes, pero en la escuela los amigos decían que no era necesario, pues Santa trae todo en su trineo y sólo debe tomar de ahí lo que le piden. El año anterior, aunque había escrito con tiempo, en vez de la bicicleta que quería encontró un mono de acción y una nota donde Santa decía que se le habían agotado las bicis, pero que el siguiente año…

Un movimiento brusco de su cuerpo lo sobresaltó. El frío arreciaba. Miró hacia el pino: las luces de colores se paseaban en el papel azul de la caja que papá había dejado en la base. ¿Qué será? Tuvo ganas de salir del librero y agitar el paquete cerca de su oreja, mas en cualquier momento Santa iba a aparecer y si se topaba con él ya nunca vendría. Volvió a mirar: era una caja grande. ¿Será el mecano? ¿Los patines? No, no podía ser, porque ésos los había pedido en su carta y debía traérselos Santa. ¿Y si fueran? Entonces el abusivo de Danilo tenía razón y Santa eran los papás y no… Tosió. Se llevó la mano a la frente y además de los granitos de sal sintió la piel caliente. Le dolían las piernas y la garganta. Papá, llévame a mi cama. Oyó un rumor en la sala y rápido se apartó de la ranura, atento a cualquier sonido. Nada. Se asomó de nuevo: las luces de colores parecían flotar en la oscuridad, formando figuras raras, caras sonrientes. Su cuerpo comenzó a temblar. Santa nomás se aparece si los niños están dormidos, le había dicho mamá muchas veces. Y como también le había dicho que si los niños eran desobedientes los duendes le avisaban para que no les trajera regalos, sintió un hueco de angustia en el estómago: estar ahí era desobedecer, porque sus papás creían que descansaba en su cuarto. Debo regresar a la cama. Intentó deslizar la puerta para salir, pero no tuvo fuerza y sólo consiguió recostarse en la base del librero con los ojos muy cerca de la abertura.

Entonces los vio. Primero creyó que eran las luces del pino, pero al notar que los puntitos verdes se arremolinaban en círculos supo que se trataba de otra cosa, algo mágico. Lo comprobó al toser: los resplandores cambiaban de color, enseguida volvían a ser verdes y tomaban una forma alargada que terminaba en punta. Con cada acceso de tos se multiplicaban y de pronto ya había muchos de ellos, mostrando los dientes mientras se perseguían unos a otros por la sala, alrededor del pino, arriba de los sillones. Sus carcajadas hacían mucho ruido. ¡Silencio!, van a despertar a mis papás. No le hacían caso, y trató de salir para convencerlos, pero se sentía muy cansado, con la piel caliente, y conforme los miraba más le dolían los ojos, como si le hubiera entrado polvo. Resignado al escándalo, cerró los párpados. Si ven que duermo, le van a avisar a Santa que ya puede venir. Aún tosió un par de veces, antes de escuchar cómo los duendes callaban, justo antes de que en la calle se oyeran unas carcajadas, luego el ruido de la ventana, unos pasos lentos y pesados sobre la alfombra y alguien cargando paquetes. La puerta del librero se abrió y dos brazos gordos alzaron a Pepe, que no abrió los ojos ni siquiera cuando una barba le hacía cosquillas en la cara mientras lo cargaban escaleras arriba. Luego escuchó las carcajadas roncas perdiéndose en el silencio.

Lo despertó un beso en la frente y la sensación de que a su alrededor corrían niños. Al abrir los ojos se encontró con mamá y papá y, detrás de ellos, muchas lucecitas verdes en el aire, que desaparecieron cuando se talló los párpados. ¿Te sientes bien? Estuviste tosiendo. Iba a responder que le dolía la garganta, pero se dio cuenta de que no era cierto. No entiendo…, pensó mientras se tocaba la frente. ¿Quién me trajo? ¿De dónde, hijito? Papá sonreía como si estuviera muy divertido. Luego se apartó de la cama y señaló un rincón: ahí estaban los patines con un enorme moño rojo, una caja grande que en cuanto mamá la levantó para dársela sonó como un mecano, y junto a la ventana una bici como la que había pedido el año anterior. Estaba confundido. ¿Y la caja en el pino?, se preguntó. Esto es lo que te trajo Santa, dijo mamá. Allá abajo está un paquete azul con nuestro regalo. ¿Santa?, preguntó Pepe, y papá se rió con ganas imitando las carcajadas roncas. Sí, Santa, hijo, dijo mamá también muerta de risa. Entonces Pepe decidió que no le costaba nada seguir creyendo, y mientras salía de las cobijas imaginó la cara de sus amigos, incluso la del abusivo de Danilo, cuando vieran lo que le habían traído, pero sobre todo cuando les contara que desde su escondite había visto a los duendes y que el mismísimo Santaclós lo había devuelto a su cama para que pudiera descansar.




Hombre de acción
Ana García Bergua

Cada año mejoraba, cada año le escupía alguna novedad, pero esta vez se había mandado: el traje nuevo de Santaclós de terciopelo fino, de un rojo distinto al resto, más oscuro.

Tuvieron que remendar el traje de peluche del año pasado y hacerle unas pinzas porque Ismael había adelgazado y ni con la botarga lo lograba llenar. Eso que embutieron en la botarga unas chamarras y hasta bolsas de supermercado para completar. Cuando él y su mujer llegaron a la Alameda aquella tarde, ya eran las ocho de la noche y largas filas de niños esperaban turno frente a los templetes decorados con pinos, montañas nevadas y estrellas de diamantina. Órale Ismael, le gritó el cuñado que había estado apartando el lugar, un lugar horrible, en medio de una jardinera pelada y pisoteada, apestosa a podrido, lejos de las fuentes, las estatuas y los caminitos de baldosas. Apúrate, ya casi nos lo quitan. Ismael se subió al tablado con dificultad: la vieja botarga pesaba y las barbas le daban comezón; para colmo, hacía un calor horrible, como de mayo. Pero ya era diciembre, otra vez diciembre; había tardado en llegar, luego de un año de pasarlas negras y sin un clavo, haciéndola de payaso y de lo que fuera para medio salir de gastos. Se acomodó en el trono de utilería, dijo un “jo, jo, jo” que sonó a tos y echó una rápida ojeada a su alrededor.

Fue ahí cuando lo distinguió, orondo, lozano entre la multitud de familias, los chamacos acalorados con gorros y bufandas, y los puestos de garnachas a todo lo que daban: el Wili, el pinche Wili, su vecino, otra vez en diciembre enfrente de él, como una humillación, recordándole su casa que era la más grande de la vecindad, el coche que él no tenía, su vieja que estaba mucho mejor que la suya —ahí estaba, como siempre empacando y desempacando, faltaba más, ni ganas de verla siquiera. ¿Pues cómo le hacía ese cabrón? Cada año mejoraba, cada año le escupía alguna novedad, pero esta vez se había mandado: el traje nuevo de Santaclós de terciopelo fino, de un rojo distinto al resto, más oscuro; el cinturón de finísimo charol, con la hebilla que parecía de oro de verdad, la cara sonrosada, la barba esponjadita, esas botas que sí eran botas, mientras que él traía unos tubos de cartón pegados a los zapatos. A diferencia de otros años y otros santacloses, cuando la panza les brotaba como un grito de dolor, al Wili se le veía la gordura pareja, como la de un gordo respetable, un funcionario. Ismael pensó en esos trajes de hule espuma, con músculos y todo, a lo mejor era eso. Ojalá y se asfixie el pendejo, pensó. Pero el otro se veía de lo más fresco; cargaba en las rodillas a una niñita hermosa, rechonchita, de caireles rojos, que parecía sacada de un sueño, mientras que a él se le trepó, de la nada, un mocoso sucio, flacucho, que le enterró los huesitos en los brazos y le soltó de entrada una grosería: Pinche Santiclós, qué me vas a traer, como no sea una pistola chafa como la del año pasado… La crisis, mijo, atinó a decir Ismael, pero ahora sí va estar muy chula tu Navidad; a ver, ¿qué quieres? Y así escuchó Ismael una retahíla de peticiones que no entendía, casi todas muy exigentes, igual que el año pasado, unas listas imposibles, escupidas por unas criaturas que se sacaban los mocos, le echaban merengue en el traje, con el trabajo que había costado limpiarlo, y se echaban pedos encima de él sin ningún pudor. Uno hasta le vomitó refresco encima.

Pero al cabrón del Wili le tocaban puros angelitos y hasta le parecía adivinar que les insistía: “No, hijito, pídeme algo más, no seas tan modesto”. ¿Y de dónde tan sonrosado y de dónde tan gordo, tan bien comido el muy cabrón, pues dónde había andado todo el año, qué vendía droga o qué? La cola de niños esponjaditos, limpios, vestidos de blanco y color pastel frente al Wili larga, larga, y él nomás le tocaban estos diablos chimuelos, sucios, negros de mugre de las coladeras, que ni papás traían, que a duras penas habían robado un suéter y se le trepaban como si fueran ardillas y él un árbol de esos jodidos de los camellones, esos que el humo dejaba sin hojas y sin nada, esos que les pegaban chicles en el tronco, así se sentía Ismael.

Y entonces llegó un momento en que ya no pudo más, cuando un gordito seboso le pegó unos muéganos en la barba y le reventó un oído gritándole que quería cuatro Transformers desos de la tele, mientras veía al Wili depositar con delicadeza a una niñita en los brazos de su mamá, casi casi deteniéndola de las nalguitas, ay cabrón ojete, ahí sí Ismael aventó al pequeño gordinflón a un arbolito de papel crepé y se bajó del templete arrancándose el muégano, con lo que se llevó la mitad de la barba, pero le valió, así, le valió sorbete, porque yo a este me lo voy a madriar, pensó. A empujones cruzó el caminito de la Alameda que lo separaba del Wili, tiró los puestos de luces musicales, hizo a un lado un carrito de hot cakes de mermelada y de cajeta, empujó a tres reyes magos que se retrataban con unos hermanitos montados encima de un gran camello de peluche, pateó un trapo rojo con cedés de canciones de Bing Crosby y llegó hasta el templete que ocupaba el Wili, el cual ahora descansaba tomándose un refresco y una enorme torta de las que él ya quisiera, porque su vieja nomás le había traído sangüich de jamón de la casa para no gastar y se había ido con el cuñado quién sabe a dónde.

El otro ni la vio venir, porque Ismael se le trepó de golpe, igual que habían hecho con él esos chamacos tarugos, como si fueran ardillas o ratas, le arrebató la torta y el refresco y los lanzó tan lejos que quién sabe a dónde fueron a parar. Y el Wili sacó una cosa que un momento refulgió. Las señoras que hacían fila con sus niños encantadores se espantaron y echaron a correr como unas locas, con sus niñitos gritando y dejando un rastro de helado y chis por toda la jardinera. Se oyeron silbatos, alarmas y alaridos, pero el Ismael estaba furioso y ya que tuvo enfrente de él a Wili lo agarró de las solapas de níveo algodón y se puso a zarandearlo con los ojos inyectados, insultándolo, gritándole y escupiendo esas barbas que ya hubiera querido él para quitarse el frío en enero, cuando la casa se llenaba de corrientes por todos lados. Pero en esas lo miró bien y se dio cuenta de que no era el Wili, pues cómo iba a ser, si el Wili, con todo y que estaba medio gordo, era bastante moreno y tenía la nariz bien roja y cacariza de lo mucho que tomaba sidra Santaclós, y este güey hasta tenía los ojos azules, pues de dónde lo sacaron. Con esa competencia él, y el Wili y todos los santacloses del Centro se iban a fregar y de dónde iban a sacar en esta Navidad y las próximas, con lo bien que les había salido hasta el momento, ahora habría que ponerse a vender piñatas o vestirse de rey mago, pero conseguir a los otros dos y repartirles la lana siempre era un cuete. Y entonces le dio una espantosa rabia, una de esas que valía por todas las rabias que le habían dado en toda su vida y moles, moles, moles, moles, se puso a darle al Santaclós con los puños flacos lo más fuerte que podía, y el Santaclós blandito, blandito, como si fuera de peluche, nomás se dejaba hacer y sólo se reía jo jo jo jo, como si nomás le hiciera cosquillas, y eso le daba más rabia y seguía dándole, hasta que se cansó y se dejó caer en el regazo del pinche gordo que olía a malvaviscos, a corazón de dulce, a chocolate, llorando como un chamaco. Y el Santaclós le dio unos golpecitos en la espalda para tranquilizarlo y luego le preguntó: a ver mijo, dime qué quieres para Navidad e Ismael le dijo un Transformer porque no se le ocurrió otra cosa; luego pensó mejor y se le ocurrió un Hombre de Acción, aunque sabía que esos muñecos ya no los fabricaban, pero de niño siempre quiso un Hombre de Acción. Y el otro jo jo jo y más jo jo jo e Ismael se quedó dormidito en los brazos de peluche rojo, mejor que en los de su vieja y hasta de su mamá, dormido y lleno de ilusiones.

Lo encontraron bien tieso en la jardinera. Todavía traía, en los pocos mechones que quedaban de la barba, el muégano pegado.




El vengador
Amelia Nava Flores

Santa, al verse completamente arruinado, hipotecó su casa y la perdió, despidió a los duendes y vendió el trineo con todo y renos a un viejo coleccionista de rarezas y antigüedades de Nueva York.

Fue una tarde de Nochebuena, el taller de juguetes estaba embargado y hecho un caos. Santa Claus tenía graves problemas de orden administrativo, económico, pero sobre todo emocional. Tenía deudas exorbitantes: tarjetas de crédito sobregiradas, viajes a la India, Hawai, Brasil, Bangkok… múltiples apuestas perdidas en casinos de Las Vegas y un boleto VIP del pasado Super Bowl. Había perdido más de 60 kilos, se había vuelto un tirano alcohólico paseándose en calzoncillos, gorro y botas de trabajo, gritando, maldiciendo, y algunas veces tarareando May way con brisa de alcohol.

Su mujer, la Señora Claus, lo había dejado (según las malas lenguas) por uno de los Reyes Magos. Santa, al verse completamente arruinado, hipotecó su casa y la perdió, despidió a los duendes y vendió el trineo con todo y renos a un viejo coleccionista de rarezas y antigüedades de Nueva York. Ahora no tenía más remedio que vivir en su taller, al que esa tarde llegaron sus empleados alegando despidos injustificados, maltrato y explotación (los duendes, los gnomos y las hadas alegaban ser menores de edad laborando en situación de riesgo), y un reno que escapó en el camino a la transacción lo acusaba de tráfico de animales. Por supuesto, Santa Claus perdería las múltiples demandas, pues hasta su propio abogado lo demandó. Tenía a todo el mundo en su contra: faunos, gnomos, hadas y enanos enardecidos golpeando la puerta del extinto “Taller Claus”, lanzaban piedras a las ventanas, insultaban y maldecían, arremolinados frente al inmenso portón. Papá Noel estaba atrapado, borracho y furioso; no tenía nada ni a nadie, todo lo que amaba y por lo que vivía se había volcado contra él. Fue entonces que cobró fuerza su sed de venganza y desesperación, tomó su oxidada y vieja hacha de leñador, pero resultó poco práctica, casi inútil; buscó entre serruchos, martillos, llaves y desarmadores, hasta que por fin, el arma perfecta halló.

La multitud que asediaba el taller pronto intentó derribar el portón. Dentro, Papá Noel se había ocultado en un rincón. La madera podrida y las viejas bisagras comenzaron a ceder hasta que la puerta cayó; en ese momento Santa pulsó play y comenzó a sonar May way; había llegado el momento justo de vengar con furia la traición, salió de su escondite con sierra eléctrica en mano. Comenzaron a volar brazos, deditos, orejas, alas, ojos, dientes y piecitos; sólo quedaron retazos de venganza regados por todo el salón, una risa monstruosa con ecos del infierno, y al fondo, la voz de Sinatra casi al final de la canción.

Santa el vengador acabó con todo y todos, salvo un reno que a propósito dejó con vida para cumplir esa noche con su misión. Pese a las circunstancias, se dio a la tarea de repartir por todo el mundo, de casa en casa, debajo de cada arbolito, cachitos de infamia ocultos en cajitas de ilusión. De madrugada, entre las calles frías y solitarias, sólo se escucharon los ecos que repetían ¡Feliz Navigore! ¡Feliz Navigore! jo jo jo jo jo.




Puntual
Armando Alanís

Mira por la ventana: no ve nada, pero sabe muy bien que allá afuera está la nieve.

Solo en la cabaña a medianoche. Ella ha muerto hace poco, y él ha decidido celebrar de todos modos la Navidad. “No sufras por mí —fueron sus últimas palabras—: la muerte nos llega a todos cuando debe de llegarnos, ni antes ni después.” A la luz de las velas, mira el árbol con sus esferas multicolores: el único árbol artificial en cincuenta kilómetros a la redonda. Mira por la ventana: no ve nada, pero sabe muy bien que allá afuera está la nieve. Ha nevado toda la tarde, haciendo el camino intransitable. Así es que nadie podría visitarlo. El pavo humea en el horno de leña. El vino tinto, descorchado. Ha puesto dos lugares en la mesa de nogal —dos platos con cubiertos, dos copas— sólo por no faltar a la costumbre. Pero ella ya no podrá compartir la cena con él. Nunca más.

Tocan a la puerta.





Encuentros Navideños
Leo Mendoza

Nos salvaron los reflejos del otro conductor quien, con un oportuno volantazo, conjuró el peligro.

Como a las seis de la mañana nos corrieron de la casa donde pasamos la Nochebuena. No conocíamos a nadie, sólo nos estacionamos, entramos, les dimos nuestros parabienes y nos bebimos cuanta botella estuviera al alcance de nuestras manos hasta que todos se fueron y nada más quedamos nosotros tres y el “Ropero”.

Claro que nos molestó la corrida aunque, embargados por el espíritu navideño, ni siquiera se las hicimos de jamón. Tomamos nuestro vehículo y a toda velocidad enfilamos rumbo al Centro en busca de nuevas aventuras.

El “Tobi” estaba tan borracho que ni siquiera vio al sedán que se acercaba de frente y a un pelito estuvimos de estamparnos. Nos salvaron los reflejos del otro conductor quien, con un oportuno volantazo, conjuró el peligro. Los dos autos frenaron escandalosamente y se quedaron detenidos en medio de la calle, tan tensos como sus pasajeros que, indudablemente, se preparaban para los reclamos y tal vez una madriza mañanera.

Pero la cosa no pasó a mayores. Los del otro coche salieron riéndose, con las bebidas en la mano y unos vasos para invitarnos y ahí mismo, en pleno arroyo, brindamos y celebramos el nacimiento del Señor, nos deseamos lo mejor para nuestras familias, dicha y prosperidad, y, al despedirnos, nos abrazamos y en santa paz, casi iluminados, continuamos nuestro camino.

Unas cuadras más adelante, en nuestro primer semáforo de aquel 25 de diciembre, un calvito miró de reojo al “Ropero”. Nuestro amigo descendió y con una sonrisa en los labios se acercó a aquel conductor. Nosotros pensamos que todavía llevaba en el alma todos los buenos deseos que habíamos intercambiado con los del otro auto. Pero no fue así, aunque quizá aún tenía un ligero recuerdo de todo lo que nos había ocurrido porque, mientras pateaba y arrastraba al pobre hombre por el pavimento y a nuestras espaldas aumentaba el estruendo de los cláxones, él gritaba a los cuatro vientos: ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad!, y se reía carcajadas, como un enorme y terrible Santa Claus.




Los nuevos tiempos
Marcial Fernández

Sus juguetes no están construidos en el Polo Norte. Ni él es un invento de la Coca-cola. Ni sus orígenes son europeos. Santaclós es chino. Sí, papá, chino. O cómo te explicas que sus regalos sean piratas.



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Calambur citado en Toulmin, Stephen (1990), Cosmópolis. Els transfondo de la modernidad. Barcelona: Península. Pág. 207.

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