28 mayo 2011

Futbol

(Imagen encontrada en Internet libre de derechos)

No me gusta el fútbol. No lo entiendo y me recuerda tardes grises de domingo de mi adolescencia más gris. Mi adolescencia en colores era la del despertar del sexo, los primeros porros, la música psicodélica (mola esta palabra, eh?) y la primera concienciación política (eso de concienciación ya no mola tanto, pero creo que me explico; lo político sí mola).

No me gusta el fútbol pero mientras escribo miro en la tele al Barça ganando algo así como la championslig, que no sé lo que es ni me importa. Y me llama la atención toda esa movida social, colectiva, política e, incluso, estética. Miles de personas unidas alrededor de una cosa pequeñita, simple y redonda. Un balón. En un espacio limitado (ver ilustración) y controlado. Muchos miles de personas pendientes de la tele y de lo que hacen sus ídolos sociales -el Barça és més que un club-. Y me parece muy bien. No tengo nada en contra de eso. Si alguien espera que critique a esos miles de personas no lo voy a hacer, en absoluto.

Los espectáculos de masas me parecen estupendos. Las masas están formuladas por personas y yo nunca critico a las personas. En todo caso intento entenderlas, al tiempo que me entiendo a mí mismo, si puedo, je.

No me gusta el fútbol. A mi padre, mi tío Vicente y mi abuelo Miguel sí que les gustaba. Y me llevaron un día. Nunca volví. Pero les agradezco el intento.

No me gusta el fútbol. Enhorabuena a mis amigas/os del Barça. Y enhorabuena a quien le guste.

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Calambur citado en Toulmin, Stephen (1990), Cosmópolis. Els transfondo de la modernidad. Barcelona: Península. Pág. 207.

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